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El entrenamiento no acaba: entrenamiento para la vida

Hace poco entró un chico nuevo al dôjo, con la suerte de que ese día llegaba excepcionalmente pronto. Y como es bien predecible, intercambiamos nuestros nombres, un pequeño apretón de manos y pasamos al tatami. Apenas había soltado la mochila para cambiarme cuando este chico empezó a freirme a preguntas. Me hizo bastante gracia ya que habitualmente las personas nuevas se amedrentan ante la perspectiva del kamiza, fotografías, tatami y diversos dibujos; hasta el punto de que casi hay que sacarles la conversación con pico y pala. Sin embargo este chico rompió el hielo con la pregunta que todos aquellos que nos rodeamos de un entorno con artes marciales, hemos planteado alguna vez:

-¿Tú crees que esto es real?

-Sí, claro que es real, estamos aquí ¿no? – contesté entre carcajadas.

-Me refiero a que si es útil en la realidad.

-Sí, es útil y funciona en todos los aspectos de la realidad.

-¿Y lo has llegado a necesitar alguna vez? – ataca nuevamente.

-Muchas veces, hasta el punto de no haber necesitado llegar a los puños desde que estoy en Bujinkan.

Llegado este punto el chico me miró fuertemente desconcertado, su mirada relataba mitad sorpresa mitad escepticismo, pero con una decantación clara hacia el escepticismo. Le contesté antes de que pudiese preguntarme y le expliqué que sí había estado metido en algunas peleas, pero que en aquel entonces no practicaba Budô aunque sí distintos deportes de contacto.

La cara del chico estaba cómicamente fruncida en una mueca de exasperación ante las respuestas que recibía con cada pregunta. Afortunadamente para mi corto manual de respuestas, ahí cesó nuestra conversación. Llegó mi maestro, dio comienzo el entrenamiento y la ya anterior ristra de preguntas cambiaron su objetivo a otro más conveniente.

Recuerdo cuando empecé a entrenar – así escrito suena a tiempo lejano, pero realmente hace dos días de esto – que me llamaban la atención varias cosas: la primera de todas, la libertad de las técnicas; en segundo lugar, la profundidad de las mismas; en tercer lugar, la ya no alegría sino la felicidad que se palpaba en el ambiente.

En ese momento yo llevaba en mi haber más de cinco años de una disciplina marcial y bagaje de muchos años en otras tantas. Y aunque ya había escuchado hablar del ninjutsu por un de mis mejores amigos y actual buyu, no era algo que viese muy cierto. Por supuesto había leído algún artículo, visto vídeos, ojeado libros y siempre me había parecido muy peliculero. Hasta que un día finalmente accedí a probarlo. Entré al tatami con más ego y orgullo del que jamás hubiera podido imaginar en una persona, tanto que en mi idea era probar esa clase y demostrar que el ninjutsu era una patraña peliculera, que mi arte marcial era el mejor y más útil.- Mirándolo ahora, alucino con lo equivocado y perdido que me encontraba.- Pues bien, como decía antes, lo primero que me chocó durante la clase fue la libertad en las técnicas, no había ningún patrón fijo único ¡no estaban limitadas! Yo veía al maestro ejecutarlas y aún siendo la misma técnica eran completamente diferentes; este simple hecho me resultó especialmente llamativo, ya que al venir de otras disciplinas marciales en las que siempre se seguía una serie de katas o formas al pie de la letra, sin apenas libertad de cambio u opinión, cuando se ejecutaban técnicas, eran siempre la kata y siempre de la misma forma. Aquí no, aquí era algo único cada vez, distinto e inimitable.

Lo segundo, la profundidad de las técnicas: aunque era capaz de imitar los movimientos y la velocidad – o eso es lo que yo pensaba – , sentía que me faltaba algo, sabía que no lo estaba haciendo bien, mis movimientos eran vacuos, sin vida. Miraba al maestro y miraba a mis compañeros, en ellos sí lo podía notar. Sí podía notar esa chispa, esa magia que yo tan siquiera podía llegar a ver. Se apreciaba una profundidad inmensa y universal hasta en el más simple parpadeo, en el más invisible de los gestos o movimientos. Me sentí pequeño, muy pequeño, una mota de polvo en el espacio.

Pero sin duda alguna si me tuviese que quedar con algo de aquella clase, sería con el ambiente. Durante toda la clase el maestro insistía una y otra vez en sonreír, que estábamos muy serios. Cada treinta segundos se hacía algún chiste o chascarrillo que nos hacía reír a todos, y aunque estábamos completamente concentrados en lo que se hacía, nunca faltaba la alegría ni las sonrisas. Esto era nuevo para mí, absolutamente nunca me habían pedido una sonrisa. Es más en otras disciplinas me habían llegado a pedir lo contrario, que mostrase una expresión fría y seria. Cosa a la que me había mal acostumbrado.

Salí de aquella clase completamente enamorado. Me sentía feliz, lleno. Sentía que por primera vez había experimentado lo que eran las artes marciales de verdad. Algo real. No solo movimientos, katas y combate, una y otra y otra y otra vez, hasta ser el mejor y más fuerte. Para nada, esto era real, esto es lo que realmente ocurre en un combate, en la vida.

Con el entrenamiento vas aprendiendo muy diversas cosas, la inmensa mayoría te las enseña tu maestro, pero las conclusiones las desarrollas tú dentro de tu experiencia, dentro de tu taijutsu. Una de las enseñanzas que más valoro y más pongo en práctica es el entender que el entrenamiento no acaba cuando saludas y sales del tatami. El entrenamiento no termina cuando sales del dôjo. El entrenamiento no finaliza cuando te deslizas entre las sábanas y duermes. Con un poco de práctica eres capaz de ver que la vida, tu día a día, es más bien similar a tu día a día en el entrenamiento. Los mismos puños que te atacan, son las broncas de tu jefe, los problemas en casa. Igual que eres capaz de moverte en diagonal para esquivar ese puño, eres capaz de moverte en la conversación para evitar la bronca y buscar una solución a los problemas en casa. Y de esta forma empezarás a dar un paso al frente, luego otro y luego otro. Irás observando y aprendiendo, irás siendo capaz de sentir cuándo te viene un puño para evitarlo. Y de igual manera serás capaz de evitar cualquier problema antes de que llegue. Pero voy mucho más allá que todo eso; no solo sabrás evitar los puños y los problemas, sino que además serás capaz de caminar y no estar, de moverte y darles forma, de respirar y pintarlos de otro color. Con paciencia, esfuerzo y constancia serás capaz de dar vida. Porque las artes marciales, nuestro arte marcial está hecho para sobrevivir. No está hecho para quitar la vida, no. Nuestro Budô está hecho para dar vida: el Budô es vida.

Escrito por José Esteban-Infantes, Shidoshi-Ho. Alumno de Tato López (Kuuki Ryu), Shihan.